Brahmsianas salvadoreñas. Liberación y Muerte


La lección de Brahms sigue vigente, pese al silencio que la encubre. Además de confundir la disyunción y la conjunción —“revolución o/y muerte” (“pro patria mori”, Horacio), lo atestigua Roque Dalton cada mes de mayo— las maras, las migraciones, el ejecutivo vs. el legislativo, etc.
Publicado en octubre 7, 2022
Professor Emeritus. New Mexico Tech rafael.laramartinez@nmt.edu Desde Comala siempre…

Abstract: If musical criticism annotates how Johannes   Brahms’ First Symphony (1876) follows Ludwig van Beethoven, Salvadoran literature proposes a similar recycling of national traditions. There is no political liberation without Death. Killing defines the prelude to liberation. From Alberto Rivas Bonilla’s humor (1935) to Miguel Angel Espino’s tragedy (1946), murder is perceived as a mystical redemption of the victim. This sacrificial law of a partner continues its legacy during the revolutionary war in the eighties, and nowadays by violence and migratory exclusion, as well as by executive against legislative orders. By reading this essay aloud, you”ll  get a free ticket to attend the première of “Salvadoran Brahmsians”, at the National Theater, celebrating the end of Coronavirus season.

Resulta un comentario común de la crítica musical anotar que la Primera Sinfonía (1876) de Johannes Brahms prosigue legado de Ludwig van Beethoven. Sea la intrincada trama de motivos o la balanza que se inclina hacia el final, la música prosigue una norma literaria. La cita siempre se recita. La recicla una tradición en la melodía que evoca la memoria. La memoria selectiva rescata una genealogía particular para arraigar su presente, proyectar el futuro.

Esta referencia sinfónica la reiteran las ciencias sociales y las humanidades al reciclar la misma noción de genealogía. A la búsqueda de los progenitores y ascendientes, las referencias explícitas convocan lo actual. El anhelo de “ser como Dioses” reclama el ansia del infinito: el “hecho social total”. Pero, siempre una bibliografía selecta —una temática objetiva— retrae la totalidad a un aspecto singular.

Según la máxima borgeana, ese propósito culmina en el totalitarismo del aleph, en un punto que irradia todos los puntos. El universo sería “reductible a una fórmula, de la que Alguien podría deducir todo el porvenir y todo el pasado”…”el mundo era reductible a formas esenciales”…a una “serie de las letras con las cuales se escribe el texto universal”. En paráfrasis, lo total consiste en reducir el Mundo a una de sus partes, bajo la amenaza de desterrar a quienes expresen la diferencia. Al no someterse a “la simetría con apariencia de orden”, les confirman su exilio permanente.

Por esta agenda absolutista, a menudo las ciencias sociales pretenden lograr un objetivo integral que sus colegas —exactas y naturales— excluyen de su propósito. De lo contrario, la ingeniería petrolera explicaría la escasez del agua; la hidrología, la gasolina, al igual que el oculista, los dientes, viceversa, la dentista, los ojos. A la modestia de lo físico y biológico, se contrapone la arrogancia del “hecho social total”. Casi nunca lo social admite que las cosas “se duplican al nombrarlas” —se triplican al citarlas. Que “el pasado es tan “plástico y…dócil” como el “porvenir”. Son inventos del presente.

Sin embargo, Brahms lo advierte, la cita que se recita —la bibliografía selecta— indica la filiación nacional, temática y objetiva de un escrito. En verdad, el objetivo lo define ese diálogo silencioso de la sinfonía con quienes reconoce como sus allegados y antecesores. Esto es, también, el silencio que confina a quienes desconoce y exilia fuera de la muralla de su objetividad artística y científica.

***

A este respecto, vale ejemplificar la manera en que dos antónimos se reúnen en complemento necesario para lograr un ideal. Se trata del enlace entre liberación y muerte. Si el primero presupone alcanzar un bienestar económico y una apertura política, el segundo augura la extinción del ser humano que busca tal redención. El problema lo complica el engarce entre ambos opuestos complementarios. Su unión prosigue la imagen del día y de la noche en su constante revolución. Mientras bajo esta noche de Luna llena, el aullido chillón de los coyotes vaticina el esplendor del aura, viceversa, los celajes tornasoles en la montaña sonrojada pronostican la oscuridad en grano de la Sandía. La liberación diurna y la Muerte nocturna confiesan su equivalencia.

A continuación, se transcriben los dos primeros ejemplos de esta temática en la literatura salvadoreña; a la lectura de actualizarlos. De Alberto Rivas Bonilla (1935) a Miguel Ángel Espino (1947), sus novelas entonan el mismo tópico en coral. El final del primero lo redobla el inicio del segundo. La sinonimia de “liberar” y “salvar” la conjuga la Muerte. En esta equivalencia, la literatura demuestra lo sencillo que resulta contradecir el sentido común. “Si la mona/violencia se viste de seda, mona/violencia no se queda”. Ya no se visualiza como tal.

“Después de una vida como la tuya, una muerte así constituye una verdadera liberación, la suprema felicidad” (Alberto Rivas Bonilla, “Andanzas y malandanzas”).

“El cuerpo de la muchacha estrangulada con sus propias trenzas, yace en el catre pringoso…los ojos desorbitados, la boca contraída, el traje desgarrado indican la lucha desesperada…esperando una ilusión cuando la muerte la besó…

…un hombre no puede matar a una mujer a me- nos que…la quiera…

Fue…Por salvarla, verdad de Dios, por salvarla…matábamos a unos pa salvar a otros…” salvarla de las miserias de la tierra…ya se m’estaba olvidado qu’era…m’hija” (Miguel Ángel Espino, “Hombres contra la muerte”).

Sea un “perro” en Rivas Bonilla, la “mujer” en Espino, ambos personajes ofrecen el símbolo de la opresión absoluta. Sólo la Muerte —declaran el narrador y luego el asesino— le concederían un alivio a su “mísera” vida. Las dos novelas exponen el asesinato como acto benefactor de la víctima. Luego de confesar el prejuicio social contra lo indígena, el consagrado humorismo de Rivas Bonilla aconseja asumir la hombría. La víctima debe inmiscuirse en la lucha viril por apoderarse de la hembra, hasta que sus vecinos más fuertes lo maten.

“El chucho que no perdía palabra, me estaba diciendo con el único ojo que le quedaba:

—¿Has visto tú qué indio tan bruto?

Tenía razón. Los hay más brutos que los mismos animales, que son los que cargan con la fama”.

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“Suena por ahí una ensordecedora algarabía de ladridos. Es indudable que allá abajo se está dirimiendo a dentellada limpia alguna descomunal contienda.

Se debe estar disputando por los femeniles encantos de alguna cuadrúpeda Dulcinea”.

De esa manera, sus “congéneres enfurecidos” lo eliminarán. Gracias al disfraz del humor, los prejuicios sociales más deleznables pasan inadvertidos. El perro —cuya “palabra no muerde”— expresa la degradación social de lo indígena al rango animal, así como explaya la continua lucha viril por poseer lo femenino. Sólo al declarar esa doble manía —anti-indigenista y machista— el narrador aclara que el fratricidio le otorgará el alivio eterno. Lo matan sus semejantes en la disputa perenne por la mujer.

Igualmente sucede en Espino. Luego de reconocer su atracción incestuosa —“olvidar qu’era m’hija”— entiende el crimen como acto de redención moral de la víctima. Concebida como una guerra, la vida misma implica “matar a unos pa salvar a otros”. El padre incestuoso elimina a su hija por amor y “celos”—según la novela— ya que imagina el crimen como un acto místico que redime moralmente a la víctima. En el aserradero selvático infernal de la novela, el destino terrestre de la mujer no lo augura otro cometido que cumplir sus necesidades de servicio doméstico y sexual para el hombre. La podredumbre que el verdugo no reconoce en sí mismo —la violación sexual incestuosa y el crimen— la inscribe en el cuerpo de la mujer. En síntesis, absueltas de toda iniquidad, ambas figuras asesinadas se elevan hacia "el azul profundo y lejano" de su salvación mortuoria.  En síntesis, absueltas de toda iniquidad, ambas figuras asesinadas se elevan hacia “el azul profundo y lejano” de su salvación mortuoria.

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No sólo Brahms continúa la temática musical de su antecesor. También, sin una advertencia expresa, la literatura salvadoreña encadena el tópico de la Muerte como acto liberador en coral repetitivo de una tradición. Yo no mato ni aconsejo la infructuosa lucha viril a muerte como actos criminales. Por lo contrario, los asesinatos son obra de un misticismo tan sublime que vuelven nube y esperanza celeste a la víctima. Al actualizar el concepto de sacrificio necesario —hacer (facere) lo sagrado (sacrum)—, la poética del crimen restituye ese motivo en la novela de humor y en la novela política. Toda distinción de género literario y biológico se diluye en la Muerte.

En ese “porvenir de una ilusión”, la Muerte libera. Mi Muerte me libera. Mi Muerte libera a otros, a quienes gozarán de la dicha que consagrado observaré desde la estrella lejana. Si esta cita que se recita persiste en dos obras disímiles de la literatura salvadoreña — comedia y tragedia— a la lectura de rastrear cómo esta sinfonía musical del sacrificio la reciclan obras más recientes. La lección de Brahms sigue vigente, pese al silencio que la encubre. Además de confundir la disyunción y la conjunción —“revolución o/y muerte” (“pro patria mori”, Horacio), lo atestigua Roque Dalton cada mes de mayo— las maras, las migraciones, el   ejecutivo vs. el legislativo, etc. testimonian que el legado coral prosigue el ritmo sinfónico de Brahms en el trópico. La lectura de este ensayo contiene entradas gratuitas al estreno de las “Brahmsianas salvadoreñas”…

El viaje astral lo impulsa el encuentro carnal entre el hombre blanco y la mujer negra. Según la jerarquía social del recuerdo y el olvido, la historia cultural celebra al espíritu del hombre-blanco-letrado y desdeña el cuerpo de la mujer-negra-iletrada.

    
 

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