Veraneras crecen entre los montes y el mar[1]
— ¿Qué bonito tienen el jardín
— Es para no olvidar que en medio de la injusticia siempre hay esperanza
Fragmento de la conversación sostenida con una de las lideresas de San Marcos Lempa.
Entre mayo de 2024 y marzo de 2025 se desarrollaron varios procesos de diálogo intergeneracional entre mujeres excombatientes de la guerra civil salvadoreña y juventudes diversas, en el marco de la Resolución 1325, adoptada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en el año 2000.
En un país como El Salvador, donde el gobierno insiste en borrar los Acuerdos de Paz y en criminalizar la organización comunitaria, la memoria se convierte en un acto de rebeldía. ¿Cómo era posible que, después de 33 años, el miedo volviera a latir en las entrañas de quienes nunca dejaron de luchar? Porque aún no gozan de una vida digna. Irónicamente ese mismo día se cumplían mil días del Estado de Excepción, una medida drástica hecha estrategia de política nacional de seguridad, que como bien lo dice Ana Piquer, de Amnistía International, «no es más que el espejismo de un sistema represivo» (Amnistía, 2024), el cual sigue negando derechos de aquellas personas que históricamente siempre han estado más desprotegidas por el Estado.
La guerra y la doble resistencia
En una pequeña glorieta, sentadas en círculo y con un calor en el ambiente que superaba los 30 grados centígrados, las mujeres con un poco de timidez comenzaron a compartir algunos hechos relevantes que marcaron su vida durante el conflicto armado; luego de plasmar sus sentires sobre la guerra y la importancia de la paz en dibujos pintados en mantas de algodón, se abrió un espacio para que ellas pudieran hacer catarsis: un par reflejaban «Las Guindas», mujeres, hombres y niñez abandonando sus casas tras los bombardeos de los aviones A-37 de las Fuerzas Armadas de El Salvador (FAS). Otra reflejaba a personas enterrando libros, biblias y casetes en los patios de las casas, porque el simple hecho de ser parte de la iglesia o tener libros o música, que el gobierno de la época consideraba «subversivo o comunista», era razón suficiente para ser encarcelados o desaparecidos. En una de las mantas podía verse muchos zapatos tirados a la orilla de un río, recordando a una de las masacres poco mencionadas: La de Plan del Tenango y la Cuesta de Guadalupe, ejecutada por el Batallón Atlacatl y la Fuerza Aérea salvadoreña en 1983, donde fueron asesinados más de 200 personas, principalmente campesinas.
Días después, a varios cientos de kilómetros, otro grupo de mujeres reflexionaba, también, sobre la importancia de autodenominarse «Sostén de la Paz», en esta ocasión, ellas no solo honraron a las víctimas de la masacre de «La Quesera»[2]; sino que también reconocieron la valentía de las sobrevivientes para empezar desde cero en otro territorio y mantener a la vez viva la memoria de los aportes que dieron mujeres y hombres en la lucha armada. Para ello trajeron flores, velas e incienso, realizaron un mapeo de los lugares emblemáticos donde las mujeres hicieron la resistencia y lucha por una vida digna.
En esa reunión, y como un hecho sin precedentes, ellas listaron los delitos cometidos específicamente contra las mujeres y las niñas durante las masacres; algo que revivió viejas heridas y obligó a las participantes a tomarse un espacio para realizar una intervención de primeros auxilios psicológicos, con el fin de poder procesar las emociones que afloraron al reconocer todo el sufrimiento que vivieron y siguen viviendo, porque las formas específicas para violentar a las mujeres no son exclusivos de los contextos de guerra; en El Salvador, la violencia sistémica fue continua, con el surgimiento de las grupos pandilleriles y también ejecutada por los cuerpos de seguridad del Estado, los cuales se instauraron luego de los Acuerdos. Por lo que mucho de lo que se vivió en la guerra, sigue vigente hoy en día.
La sororidad como mecanismo de supervivencia
Los Acuerdos de Paz, firmados en 1992, prometieron reparación y justicia para las víctimas del conflicto. Sin embargo, como lo señala el informe de la Comisión de la Verdad, muchas de estas promesas nunca se cumplieron. Es por ello que las mujeres siguieron estando organizadas para poder exigir el cumplimiento de sus derechos, pero también para luchar contra la falta de acceso a la justicia ante la violencia de género que viven en sus comunidades y hogares; que tal como ellas lo señalaron en los encuentros, se traduce principalmente en desplazamiento forzado interno e internacional; violencia de todos tipos y formas, pero principalmente sexual, que es la que mantiene los indicadores de embarazo adolescente en aumento y que obliga a muchas a seguir recurriendo a los abortos en condiciones inseguras. También la persistente feminización de la pobreza, que sigue excluyendo a las mujeres del acceso a la tierra y a condiciones laborales dignas, así como el aumento de los feminicidios y la impunidad de los casos.
Por lo que podrán borrar monumentos, podrán cambiarles el nombre a las conmemoraciones, podrán darse los discursos más superfluos atrás de un escritorio muy hermoso y lustroso desde los Poderes del Estado, pero nada de eso puede opacar a la verdad que yace viva en las memorias de miles de mujeres que por primera vez en muchos años se atrevieron a reconocer no solo sus heridas sino sus ganas de continuar con fuerza la exigibilidad por la justicia, la reparación y la no repetición.
En marzo de 2025, en lo más alto de las montañas, más de 400 mujeres se reunieron en la plaza principal de un municipio en el departamento de San Vicente y en presencia de mujeres indígenas, campesinas, agricultoras, profesionales, defensoras todas de los derechos humanos, lideresas comunitarias, mujeres dedicadas a las labores del hogar, honraron la memoria de las que ya no están, pero también de las que sí (a pesar de las circunstancias actuales); reafirmaron el compromiso de seguir trabajando arduamente por erradicar la violencia patriarcal, capitalista, heteronormada y capacitista, entre cantos, risas y bailes; como tiempo atrás se hizo en los campamentos de refugiados. Porque este gesto de alegría es lo que alimenta la esperanza para alcanzar el cambio de este sistema depredador en el que viven y que se alimenta de la violencia estructural que sigue minando el acceso a una vida digna para las mujeres.
— Nosotras no fuimos solo combatientes —dijo una lideresa que no superaba los 60 años—, fuimos quienes sostuvimos la vida en medio de la muerte.
— A lo largo de estos años – afirmó otra participante del encuentro— la sororidad ha sido un mecanismo de supervivencia para encontrar la esencia política de la lucha esperanzadora, ante la hostilidad del sistema capitalista que nos mata lentamente.
La ternura de estas mujeres no es sumisión, es rebeldía. Es el recordatorio de que la memoria no se archiva, logra crecer a veces en tierra fértil y la mayoría de las veces en tierra árida, tal como las veraneras. Sus experiencias son semillas que germinan en el presente y en el futuro; en cada abrazo que comparten entre ellas hay la afirmación de la importancia de la ternura como método necesario para sostener con fuerza el amor por la vida y la dignidad.
[1] Estas son las memorias de una hija de la guerra civil salvadoreña que ha tenido el privilegio de acompañar a las sobrevivientes en un proceso de intervención psicosocial y en la apertura a los diálogos intergeneracionales para la resolución de los conflictos en un contexto de crisis; los cuales se desarrollaron entre mayo de 2024 y marzo de 2025.
[2] Diversas investigaciones e informes han revelado que en esta masacre el ejército salvadoreño provocó desplazamientos forzados, perpetró ejecuciones masivas, realizó secuestros de niñas y niños, además de destruir los bienes de miles de familias que habitaban en los municipios de Jiquilisco, San Agustín y Berlín en Usulután (Moreno, 2009).
