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Ni Eric Hobsbawm ni Francis Fukuyama


¿Tenían respuestas para el siglo XXI? ¿Las tendremos en la realidad virtual? En este contexto global, la promesa de la democracia digital convive con un rostro mucho más sombrío: el de los Estados y corporaciones que usan las huellas de nuestra vida cotidiana para perfilar, vigilar y, llegado el caso, castigar.
Publicado en enero 9, 2026
Antropólogo y educador.

Para iniciar este artículo traigo a la memoria lo que el historiador Eric Hosbsbawn se preguntó ante la crisis económica del año 2008: ¿qué viene ahora? A esta pregunta Francis Fukuyama, el ideólogo del neoliberalismo, decía: la decadencia de la vida comunitaria sugiere que en el futuro correremos el riesgo de convertirnos en los últimos hombres, seguros y absortos en nosotros mismos, en busca de comodidades privadas y carentes de anhelos por objetivos más altos.

Ni Hobswawn sabía lo que vendría ni Fukuyama se imaginaría que la historia no había terminado. Actualmente las luchas de clases se han apaciguado por bombardeos a Palestina, a Venezuela, a Ucrania. Pero nada justifica la guerra contra gente inocente. Putin no es Lenin o Stalin (aunque pretenda serlo). Él no viene con bondades, viene a repartirse el mundo. Los dos personajes antes mencionados tampoco fueron los paladines del proletariado, ni mucho menos el capitalismo keynesiano fue el mesianismo del mundo.

Lo que en la década pasada pareció ser el punto culmen de gobiernos progresistas ya no lo es. El naciente socialismo de Estado del Siglo XXI (con vertientes mixtas, públicas y privadas), las luchas de calle por parte de los estudiantes chilenos en la primavera estudiantil, la ciberpolítica que fue definida como la política en el ciberespacio de los grupos subalternos han perdido su relevancia.

La ciberpolítica dejó de ser promesa de democratización para convertirse en un enorme tablero donde unos pocos deciden las reglas y millones jugamos sin manual, a contraluz de guerras, crisis económicas y regímenes que han aprendido a gobernar a punta de algoritmo y tendencia viral.

En teoría, la esfera digital abría la posibilidad de una ciudadanía conectada, más informada y con capacidad de vigilar a los poderosos; en la práctica, las mismas plataformas que amplifican denuncias y causas sociales son ocupadas por ejércitos de bots, campañas de desinformación y operaciones de marketing político que reducen la vida pública a espectáculo.

Entre un conflicto armado retransmitido en tiempo real, una elección definida desde los memes y un mercado financiero que responde más rápido a un tuit que a un informe técnico, la política mundial se ha ido deslizando hacia un espacio donde la emoción inmediata vale más que cualquier dato, y donde la ciudadanía corre el riesgo de volverse audiencia cautiva de un guion que no escribió.​

En ese contexto global, la promesa de la democracia digital convive con un rostro mucho más sombrío: el de los Estados y corporaciones que usan las huellas de nuestra vida cotidiana para perfilar, vigilar y, llegado el caso, castigar.

Lo vemos en el crecimiento de leyes de ciberseguridad redactadas con conceptos tan amplios que permiten perseguir opiniones incómodas, en la normalización de las «policías digitales», y en sistemas de inteligencia artificial que dicen prevenir delitos, pero que muchas veces sólo refinan viejos prejuicios de clase, raza o territorio, con el lenguaje técnico del algoritmo.

La línea que separa la protección frente a ataques reales y el uso político de los datos se vuelve cada vez más delgada: mientras los gobiernos se blindan ante amenazas en el ciberespacio, casi nadie discute seriamente quién defiende a la gente común de la vigilancia masiva, de la criminalización del descontento o del silenciamiento de periodistas y activistas incómodos.​

Frente a este paisaje, la ciberpolítica no puede limitarse a celebrar «nuevas tecnologías» ni a lamentar apocalípticamente el fin de la privacidad; se trata, más bien, de asumir que el espacio digital se volvió un campo de disputa tan real como la calle o la plaza pública.

Ahí se juegan hoy decisiones sobre guerra y paz, sobre quién come y quién pasa hambre, sobre qué narrativas se imponen como sentido común y cuáles son arrojadas a la periferia de los «discursos tóxicos» que hay que borrar del timeline.

Repensar la política en clave de ciberpolítica implica disputar el diseño de las plataformas, exigir marcos legales que protejan a las personas y no sólo a las infraestructuras, y construir una ciudadanía que no se conforme con ser consumidora de contenidos, sino que recupere el viejo oficio de hacer política: encontrarse, organizarse y resistir, aún en medio del ruido luminoso de las pantallas.

La pandemia Covid transformó el mundo, de ser capitalistas neoliberales a un neofeudalismo mundial, según lo detalla Slavoj Zizek en su libro Demasiado tarde para despertaros. Los niveles de desigualdad, temores y enajenación rebasan la realidad. Las redes sociales como una superestructura repartida en millones de usuarios que se autoexplotan y se divierten desde la caída de un pobre ebrio, hasta el bombardeo no deseado en Venezuela.

La ideología juega su papel cultural: hacer creer a la persona en la vida cotidiana que los valores tradicionales como la sumisión sean una realidad tangible y digerible. La ideología no a desaparecido, juega su papel mas antropológico en la actualidad. El humano transformándose al ciberespacio, estratificado, mas que desclasado en servicios de internet, la vulnerabilidad al bolsillo de la clase trabajadora, y de la casi desaparecida clase media, es inevitable, solo nos queda repensar el mundo, desde la coaster, desde el escritorio, desde el caminar las calles de nuestro El Salvador, donde viven los hacelotodo, como diría el poeta Roque Dalton.

Ilustración tomada de educahistoria.com

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