El invierno aquí no solo se mide en grados bajo cero. También se mide en silencios. En puertas que ya no se abren tan temprano. En pasos que se aceleran cuando una patrulla pasa despacio. En teléfonos que vibran con mensajes cortos: «¿Todo bien?», «No salgas».
Soy periodista salvadoreña y recientemente visité Saint Paul, Minnesota, buscando conocer nuevos lugares. Pero estos días el miedo volvió a instalarse en la rutina. No golpea de frente, se sienta en la mesa, acompaña el café, se mete en la cabeza cuando sus habitantes salen a trabajar.
En los supermercados se habla en voz baja. En las iglesias se reza más largo. En los restaurantes, algunos asientos quedan vacíos porque hay quienes prefieren no salir, no por falta de ganas, sino por exceso de riesgo. El nombre de Immigration and Customs Enforcement (ICE) no necesita presentación: se pronuncia como una advertencia, como una sombra que cruza la calle sin avisar.
Las madres miran dos veces antes de dejar a sus hijos en la escuela. Los padres memorizan rutas alternativas. Hay quien guarda documentos en una bolsa plástica «por si acaso». Hay quien evita manejar. Hay quien deja de denunciar abusos por temor a ser visto. Y hay quien, aun con miedo, sale igual, porque la renta no espera y el frío tampoco.
Minnesota es un estado de lagos y de manos trabajadoras. Aquí los inmigrantes levantan edificios, cocinan alimentos, limpian oficinas, cuidan ancianos, empujan esta economía incluso cuando su cuerpo está cansado. Y aun así, sienten que deben justificar su presencia todos los días.
Lo más duro no es la incertidumbre legal, es la emocional. Es explicarles a los niños por qué mamá está nerviosa. Es sonreír en el trabajo mientras el corazón late rápido. Es vivir con la sensación de que la vida puede cambiar en un semáforo, en una parada de bus, en una visita inesperada.
Pero también hay resistencia. Hay comunidad. Hay vecinos que preguntan, que acompañan, que defienden. Hay organizaciones que informan, iglesias que abren puertas, abogados que orientan. Hay una fuerza silenciosa que se niega a desaparecer.
Saint Paul sigue siendo hogar de muchos. Aunque tiemble. Aunque duela.

