



El Gobierno salvadoreño, a través de la Policía Nacional Civil (PNC) y la Fiscalía General de la República (FGR), nunca ignoró el paradero de Juan Josué Castillo Arévalo, alias Samurái.
Aparentemente, siempre supo que el feminicida de Carla Mayarí Ayala Palacios, por medio del rastreo de sus telecomunicaciones y de otras comunicaciones en redes sociales —con cuentas troles— primero se ocultó en las zonas boscosas de San Francisco Javier y San Agustín, lugares que conocía como la palma de su mano ya que en ellos creció y vivió la mayor parte de su vida.
Durante ese tiempo que pasó oculto sus familiares y amigos de confianza le proveyeron de alimentos y teléfonos celulares para que pudiera comunicarse. Pero, a finales de enero de 2018, según los documentos policiales a los cuales Revista Elementos tuvo acceso, se fugó a México guiado por el líder de una estructura guatemalteca dedicada al tráfico de personas conocido como Victoriano Blanco o Ricardo, supuestamente radicado en Tapachula, que cobró 1 mil 500 dólares.
El día en que salió de su escondite fue transportado en un vehículo Toyota modelo Dyna que viajó desde Usulután hasta el kilómetro cinco de la Carretera del Litoral (CA-2) donde cambió de medio de transporte: a pie para entrar a Guatemala por un punto ciego o en lancha para cruzar de Garita Palmera, en Ahuachapán, a Garita Chapina, en Jutiapa.
Después de remontar Guatemala se asentó en México y mantuvo comunicación con uno de sus compañeros con los que había fundado el grupo de exterminio. De acuerdo con el proceso judicial referencia U-16211-2022-3, ese expolicía, identificado como William, después delató a los sicarios.
(William, según se constató en redes sociales, es originario de la misma localidad que Samurái. De hecho, la esposa del primero es originaria de San Francisco Javier y se licenció como docente en la Universidad Modular Abierta [UMA]).
Para comunicarse, Samurái ocupaba los teléfonos y la cuenta de Facebook de Victoriano Blanco quien, además, le había permitido quedarse en una de sus casas en Tapachula, cerca de una terminal de autobuses.
Ya en mayo del mismo año, Samurái se comunicaba desde un número telefónico mexicano con Soldado, otro expolicía del GRP quien, junto a otro sujeto identificado como Hindú, eran los cabecillas del grupo de exterminio que mató a unas 30 personas entre los años 2015 y 2018.
Para entonces el exagente del GRP ocupaba seis números telefónicos salvadoreños y uno mexicano para sus comunicaciones, de acuerdo con las investigaciones policiales. En ese mismo expediente se revela información muy perturbadora: antes de huir de El Salvador, en 2016, había viajado a México a «especializarse» en «cocinar, quemar y desaparecer» cadáveres de personas empleando distintos tipos de ácidos.
Samurái tiene una difusión roja de la Interpol por el delito de feminicidio agravado. A la par de la difusión roja, también hay un requerimiento de captura girada el 3 de enero de 2018 por el juzgado Sexto de Paz de San Salvador, aunque este sólo es por el delito de privación de libertad de la agente Ayala Palacios.

El rastreo telefónico
Los documentos a los que se ha tenido acceso muestran la ruta o los movimientos que Samurái hizo dentro de México entre el 8 y el 28 de septiembre de 2018. Los documentos revelan que su paradero era claro para las autoridades salvadoreñas. ¿Por qué, entonces, no hicieron nada para detenerlo con la colaboración del Estado mexicano?
Las comunicaciones fueron registradas, principalmente, entre la media tarde y la medianoche. Por ejemplo, el 8 de septiembre entre las 3:05 PM y las 5:33 PM fueron registradas catorce llamadas.
Luego, el 27 de septiembre, entre 7:44 PM y las 11:09 PM las autoridades registraron seis eventos, entre éstos dos llamadas de voz y cuatro mensajes de texto. Al siguiente día, el 28 de septiembre, solo se registró un evento a las 4:43 PM: un mensaje de texto que él envió.
Los primeros dos eventos de comunicación registrados el 8 de septiembre indican que los hizo, el primero, a las 3:05 p.m. en Tapachula, y el segundo a las 5:33 p.m. en Huixtla, ambas ciudades del estado de Chiapas (sur de México), distantes 42 kilómetros entre sí.
El 27 de septiembre, según el rastreo telefónico, fue ubicado en el sector de la alcaldía de Benito Juárez, Ciudad de México. Al parecer en ese sector hizo una llamada de aproximadamente siete minutos.
Al siguiente día, a las 4:43 p.m. fue ubicado en Naucalpan de Juárez, una localidad a 20 kilómetros al norte de Ciudad de México. El informe indica que posiblemente Samurái se dirigía a Guanajuato.
Los documentos a los que se ha tenido acceso indican que después del 28 de septiembre de 2018 ya no se ha tenido noticias de Samurái. Una comunicación entre autoridades estadounidenses que respondieron una solicitud de información de la FGR indica que no se tiene registros o indicios de que el prófugo salvadoreño haya ingresado o esté viviendo en Estados Unidos.
Epílogo: La única vez que el sicario tuvo miedo
El grupo de exterminio que Samurái, el Hindú y Talibán dirigían no solo ejecutaban pandilleros. También mataban a personas sin vínculos criminales.
El 9 de noviembre de 2016, el policía de la unidad especializada cometió uno de esos crímenes en el lugar conocido como Nueva Cruzadilla de San Juan, en el distrito de Jiquilisco, Usulután, según consta en una resolución del Juzgado Especializado de Sentencia de San Miguel, del 22 de abril de 2022.
La víctima se llamaba José Elías Gaitán Mercado, tenía 53 años y era conocido como agricultor. Los asesinos lo dejaron acostado en una hamaca, donde el hombre estaba descansando. «Lo matamos con amor», dijo Samurái después del crimen.
Gaitán Mercado era enemigo del padre de Samurái. Cuando este último era un niño vio a los hombres enfrentarse a machetazos.
Samurái y su hermano José Onán, alias el Gringo, intentaron ayudar a su padre a vencer al adversario. Pero no pudieron lograrlo.
Cuando tenía entre doce a trece años, Samurái regresaba de la escuela cuando Gaitán Mercado lo persiguió para tratar de matarlo a machetazos.
Cuando creció y se convirtió en policía, localizó la casa del antiguo agresor de su familia. Y comenzó a urdir su venganza.
A un expolicía que después lo delató, identificado en el proceso judicial como Eclipse, le contó la amarga experiencia y le aseguró que Gaitán iba a pagar con su vida aquella antigua agresión. También le pidió que si escuchaba disparos en la zona no acudiera de inmediato, que le diera tiempo para huir.
El día de la venganza, según declaró Eclipse ante un juez, no escuchó los disparos, pero sí recibió llamadas de alerta de los vecinos de Nueva Cruzadilla de San Juan avisando que una persona había sido asesinada.
Para dar tiempo al sicario de la PNC, Eclipse respondía que tenía una misión que cumplir y que agentes asignados a la delegación de Jiquilisco irían a resguardar la escena del crimen.
Posteriormente, llegó al lugar. «En una casa ubicada como a cuatro cuadras de distancia a la base provisional que tenían en el referido cantón, sobre una hamaca había un señor asesinado con arma de fuego», puede leerse en los documentos policiales.
Horas después, el mismo Samurái le comentó a Eclipse que él y su hermano José Onán, otra persona identificada como Chino Melgar y Edwin Isaac Chávez Esquivel habían asesinado al sujeto en venganza y detalló que el crimen lo perpetraron con pistolas calibre 45 y 9 milímetros. Aunque «lo habían matado con amor, pues solo en la cabeza le dispararon».
Pero esa afirmación resultó contradictoria con la que un oficial de la PNC dijo a periodistas que llegaron a la escena del crimen. El oficial dijo que tenía heridas de arma de fuego en varias partes del cuerpo.
Posiblemente en un intento de justificar el homicidio, el oficial también dijo que la víctima recién había salido de prisión y que al parecer, el o los hechores y la víctima habían estado departiendo bebidas alcohólicas, pues hallaron muchos indicios de eso.
Pero no era cierto. Aquel homicidio fue el producto de la venganza de un policía asesino con placa y uniforme policial entrenado y pagado con dinero de los ciudadanos. Una máquina de muerte que aprovechó la coyuntura de los años más violentos en los que cualquier asesinato era cargado a la cuenta de las pandillas.
