El 2 de septiembre de este año cumplí uno de mis sueños más grandes: me gradué como licenciada en Periodismo de la Universidad de El Salvador. Fueron diez años de esfuerzo, lágrimas y sacrificios. No fue el camino que imaginé en 2015, cuando entré a la universidad creyendo que saldría en cinco años, pero fue el camino que me tocó recorrer. Y lo logré: me convertí en la primera licenciada de mi familia en cuatro generaciones.
Soy la primera nieta, la primera hija, la primera sobrina y la primera prima en obtener un título universitario. A muchos les suena como un gran orgullo, y lo es. No obstante, ser la primera también significa cargar con una mochila de expectativas y responsabilidades muy pesadas. No se trata solo de soñar, sino de cumplir con el mandato implícito de «tenés que lograrlo sí o sí, aunque no sepás cómo»; y duele cuando sientes que estás fracasando y no cumpliendo con el objetivo.
Mi familia nunca contó con los recursos necesarios para poder ir a la universidad. A duras penas lograron llegar al tercer o sexto grado, porque antes se creía que el estudio no era necesario, que la única opción para vivir era buscar un trabajo. Sin embargo, con los años lograron entender que la educación también es una herencia que te saca de la ignorancia y te abre puertas para tener una vida digna.
Estudiar en El Salvador sigue siendo un privilegio. Según la encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples realizada en 2021, el rango promedio en educación ronda el séptimo y octavo grado, es decir, llegar a estudiar en una universidad pública o privada a veces se vuelve imposible para muchos hogares, incluyendo el mío.
Cuando se viene de una familia de escasos recursos, la universidad se convierte en una carrera de resistencia. Muchos jóvenes tenemos que elegir entre estudiar o comer, entre pagar el pasaje o pagar una copia, entre trabajar o asistir a clases. Yo misma tuve que caminar kilómetros porque no tenía dinero para el autobús. Me tocó trabajar en pupuserías, en restaurantes, en tiendas, en medios de comunicación, y aceptar empleos que me exigían decidir entre trabajar o estudiar.
Muchos de mis compañeros de clases abandonaron sus sueños por diferentes razones. Uno de ellos venía de lejos (de Cabañas específicamente) y alquilar un cuarto o una casa en San Salvador no era rentable. Algunos emigraron, dejando atrás esta carrera. Otros optaron por trabajar en lugares que, aunque no suplían todas sus necesidades, al menos lograban ayudar a sus familias.
También perdí «amigos» cuando no podía quedarme después de clases para ir por un café, porque no tenía dinero y tenía que ver cómo conseguía trabajo para cubrir los gastos de la universidad. Porque estudiar implica tener recursos para comprar separatas, para viajes de campos, para comprar los rollos de la cámara, para las exposiciones; en fin, tanto en qué invertir que no quedaba nada a fin de mes.
Y, aun así, seguí. Porque la educación es la única herramienta real que puede transformar nuestra vida y la de nuestras familias.
En mi caso, fue mi madre Guadalupe Mendoza, mi tía María Raymundo y mi abuela Juana Mendoza quienes lograron darme la oportunidad que ellas, económicamente, no tuvieron.
Ser la primera no es fácil. A veces pesa. A veces duele. Pero también demuestra que, aunque la pobreza y la desigualdad intenten frenar nuestros sueños, ser la primera también significa abrir la puerta para que otros puedan entrar.

