Los intelectuales y la orfandad de las ideas

Tras la firma de los Acuerdos de Paz, en enero de 1992, decenas de intelectuales retornaron a El Salvador para fundar revistas en las que intentaron poner a prueba al nuevo régimen.

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marzo 21, 2022
Imagen Elementos

SEGUNDA PARTE

«La guerra fue inútil. ¿Para qué sirvió? ¿Para sentarnos a dialogar?
Eso se pudo lograr sin necesidad de ochenta mil muertos
», Alfonso Kijadurías. 

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1979.
En octubre de ese año fue derrocado el último presidente militar de El Salvador.
Pero los militares siguieron en el gobierno. Tenían demasiado poder como para ser borrados del mapa de la noche a la mañana. Así que continuaron dirigiendo el país.
Siguieron encarcelando, masacrando, persiguiendo adversarios.
El país había entrado en un imparable círculo de violencia.
A inicios de los años setenta habían surgido comandos guerrilleros que también secuestraban, desaparecían y mataban.
Y como si eso fuera poco, escuadrones de derecha se sumaron a la orgía de sangre.
Los civiles que abogaban por una solución política terminaron anulados.
Muchos de ellos hicieron maletas y se largaron del país para salvar sus vidas.
Otros fueron expulsados. Otros desaparecidos. Otros asesinados.
El presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, quien había apoyado el golpe de Estado, respaldó una serie de reformas para evitar que El Salvador siguiera los pasos de Nicaragua, donde los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) habían llegado al poder a través de las armas.
Todo fue inútil. Ni siquiera la ejecución de una reforma agraria fue suficiente para detener la guerra. Nada. Nada detuvo el estallido social.
Los salvadoreños vivieron la década de los ochenta entre destrucciones y cadáveres.
Paradójicamente: en esa misma década inició la transición hacia la democracia. Se creó una nueva Constitución. Nacieron nuevas instituciones. Hubo elecciones relativamente libres. Elecciones que permitieron, por primera vez, en cincuenta años, el triunfo de un civil en la presidencia del país.
Algunos empresarios, conscientes que los tiempos habían cambiado, y convencidos que el asesinato no era la única manera de proteger sus intereses, comenzaron a maquinar un nuevo proyecto económico con la asesoría de expertos norteamericanos. Las bases de ese nuevo modelo eran los postulados de Friedrich von Hayek: reducir el Estado y liberar la economía. Algunos millonarios de El Salvador lo tenían claro: había que pasar de una economía agrícola a una financiarización de la economía para estar en sintonía con los tiempos modernos.
Para eso era necesario silenciar las balas.
Finalizar la guerra. Estabilizar el país.
Al principio no parecía cosa fácil. El gobierno de los Estados Unidos, con Ronald Regan a la cabeza, enviaba millones de dólares para financiar a los militares salvadoreños. Pero eso cambió a finales de los ochenta, en parte por la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría.
Eso tornó el escenario perfecto para allanar un nuevo camino.
Alfredo Cristiani, uno de los millonarios que habían articulado el nuevo modelo económico, ganó la presidencia en 1989 y, consciente que para echar andar el plan era necesario finalizar la guerra y consolidar la democracia, negoció con la guerrilla y pactó la paz. Hubo algunos cambios: se marginó a los militares de la política, se creó un nuevo cuerpo policial, una procuraduría de derechos humanos y una institución electoral que permitió a la izquierda participar en elecciones libres.

En seguida hubo una apertura.
Muchos exiliados regresaron a El Salvador.
Entre ellos un grupo de importantes intelectuales que generaron un florecimiento cultural.
Pero no todo fue perfecto. A la vez que nacían nuevas instituciones y el entusiasmo estallaba en el pecho de los salvadoreños, un nuevo Estado se configuraba con una cadena de privatizaciones, desfalcos y corrupciones, que desembocó en una desaforada desigualdad, en ríos de migrantes y en una nueva guerra, esta vez, en una guerra social. ¿Fueron los intelectuales capaces de vislumbrar, analizar y descomponer a ese nuevo monstruo que moldeaba una nueva forma de sociedad corrompida y autoritaria?

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En 1993, un año después de haber descendido de las montañas y haber colgado su fusil, Miguel Huezo Mixco rompió con sus compañeros de guerrilla, con sus camaradas, con quienes había luchado en el frente de guerra en los últimos diez años. Hubo diferencias y desacuerdos, y renunció ante la comisión política. Había decidido volcarse a la literatura y la mayoría de sus compañeros solo pensaban en convertirse en políticos.

Un año antes se había firmado la paz y la guerrilla había depuesto las armas para transformarse en un partido político. El Salvador había entrado en una etapa de consolidación de la democracia y los intelectuales querían ponerla a prueba.

Huezo Mixco recuerda que en su cabeza rebotaba, de un lado a otro, una interrogante sin freno. ¿Eran los acuerdos de paz lo suficientemente sólidos como para evitar volver al campo de batalla? No lo sabía. Pero era consciente que no todo era lo que parecía ser.

«El primer año fue bastante difícil. Nos andaban persiguiendo grupos de exterminio que todavía estaban operando. Comenzaron a hacer una serie de ejecuciones. Esas cosas ocurrieron en ambos bandos. Algunas cuentas pendientes que habían quedado comenzaron a ejecutarse de manera silenciosa. Fueron los últimos muertos que produjo la guerra civil, ya en el período de paz», comenta Huezo Mixco, veintiocho años después, al otro lado del teléfono.

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Meses antes de que la guerrilla lanzara la ofensiva final e invadiera las calles de San Salvador, Roberto Turcios y Breni Cuenca regresaron a El Salvador luego de varios años de exilio en México. Ambos habían colaborado con la guerrilla. Ambos habían pensado crear un centro de estudios sociales y económicos. Era el año 1989.

Turcios asegura que acomodaron una oficina en la colonia Jardines de Guadalupe, en San Salvador, y bautizaron el proyecto como Programa Regional de Investigaciones sobre El Salvador (PREIS). Ese fue el antecedente de Tendencias, una de las revistas más potentes de la posguerra, donde hubo un intercambio de ideas que intentó radiografiar a una nación despedazada, moribunda, pero también donde se hicieron propuestas para crear instituciones que consolidaran la democracia, y aniquilara, de una vez por todas, la sombra del autoritarismo. Se discutió sobre la construcción del régimen democrático, sobre los nuevos roles de las izquierdas y las derechas, sobre el modelo económico neoliberal, sobre la reducción del ejército y la disolución de la policía política. También se debatió el papel del intelectual en la sociedad.

Turcios recuerda que a inicios de los años noventa se les sumó Horacio Castellanos Moya, un escritor y periodista salvadoreño que habían conocido en México, y otros intelectuales como David Browning y Edelberto Torres Rivas, con quienes comenzaron a darle forma a la revista.

FOTO: Revista Elementos. Una de las investigaciones económicas de PREIS.

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Luego de romper con sus compañeros de combate, Huezo Mixco se sumó como colaborador a la revista Tendencias y maquinó, con otros amigos, un ambicioso proyecto: se trataba de un periódico donde se hiciera periodismo de investigación, sin restricciones ni límites. El periódico nació en 1994 y se llamó Primera Plana.

«Fue un momento de mucha diversidad, donde se fueron tomando posiciones novedosas. Eso para mí fue importante, porque yo venía de una contaminación muy fuerte de todo el planteamiento ideológico que caracterizó todo ese período anterior y, entonces, tratar de destrabarse de la cabeza el dogmatismo que caracterizó a las organizaciones revolucionarias a lo largo de todo el proceso de guerra civil no fue fácil», dice.    

Sin embargo, para Huezo Mixco es imposible entender el estallido cultural de principios de los noventa sin hacer alusión a todo el trabajo cultural realizado en los años setenta en las zonas urbanas y en el frente de guerra, sobre todo en las zonas rurales, durante los años ochenta.

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Roberto Turcios recuerda que Castellanos Moya le dio un aporte diferente a la revista: más periodístico, más literario, menos académico. Por ese entonces, Castellanos Moya recién cruzaba los treinta años. Había publicado dos libros de cuentos, una novela y un poemario del que no quedaban rastros. También había trabajado para el semanario Proceso, de México, donde publicó reportajes sobre la guerra civil salvadoreña. Tan pronto se sumó a la revista comenzó a escribir ensayos en los que intentó radiografiar el país.

Para Castellanos Moya, la firma de la paz significaba «la posibilidad de revisar nuestra historia», no solo para crear una cultura nueva, donde predominaran los valores democráticos por sobre cualquier forma de autoritarismo, sino porque «una nueva cultura necesita de una relectura de nuestro pasado», con amplitud de pensamiento, sin exclusiones ni dogmatismos, porque «el ser nacional contiene la historia que yo reivindico y la historia que reivindica mi adversario».

Castellanos Moya estaba convencido que luego de finalizar la guerra era necesario reflexionar sobre la cultura nacional, pues solo de esa manera podíamos transitar a una verdadera democracia, donde la palabra democracia dejara de ser una palabra bonita y se tradujera en un nuevo régimen político, con instituciones sólidas, con un marco legal que permitieran una nueva dinámica social, donde nadie fuera perseguido por su manera de pensar, donde se respetaran los derechos humanos.

Pero un cambio en la cultura política era insuficiente. Castellanos Moya también creía que era imprescindible analizar «los patrones generales de conducta y de relaciones de la población», porque el autoritarismo no era exclusivo de los políticos, sino también de una gran parte de los salvadoreños, que, en su mayoría eran fanáticos e intolerantes.

«Este es el reto: convertir la cultura de la guerra en una cultura democrática, plural, de la tolerancia. Lo que implica un fortalecimiento de las instituciones civiles, la apertura de espacios para expresar disensión, el respeto a la crítica, el silencio de la pólvora», escribió en su ensayo Cultura y transición, publicado en Tendencias en marzo de 1993.

Horacio, como le decían sus amigos, pensaba que la guerra civil no había sido «un accidente histórico», sino producto del cierre de espacios políticos, la marginación social y la explotación económica. El fin de la guerra no significaba que los salvadoreños habían llegado al convencimiento, de la noche a la mañana, que se debía ser más tolerante con el adversario, sino que era parte de una corriente Latinoamericana —antiautoritaria y antidictadura militar— que había comenzado a mediados de los años ochenta.

En El Salvador mismo, en plena guerra civil, hubo elecciones relativamente libres en las que un civil llamado José Napoleón Duarte fue electo presidente de la República después de cincuenta años de gobiernos militares.

A juicio de Castellanos Moya, todo ese proceso había desembocado en el surgimiento de «sistemas democráticos pluralistas, con gobiernos emanados de contiendas electorales no excluyentes, que se sustentan en principios como la alternabilidad, la independencia de poderes del Estado y la resolución de los conflictos políticos por vías institucionales».

Castellanos Moya destacó algunos avances democráticos como la desmovilización del FMLN y la reducción y depuración de la Fuerza Armada. Ambas acciones eran señales inequívocas de que las cosas ya no estaban estáticas y que el militarismo —el de izquierda y el de derecha— se estaba debilitando.  Aunque, para él, lo mejor era desmilitarizar complemente a El Salvador.

«Una desmilitarización del itsmo incidiría hasta en nuestra forma de caminar», indicó.

Advirtió que el fin de la guerra no era suficiente por sí mismo. Había que transformar las estructuras políticas y sociales, además de generar un mejor clima económico. De lo contrario «la guerra encontrará nuevas manifestaciones».

«El pivote para transformar nuestra cultura no puede ser otro que la educación. A El Salvador le sobran integrantes de una clase política, pero carece de una clase intelectual. Un país sin editoriales, sin libros, sin suficientes instituciones dedicadas a fomentar el pensamiento, la reflexión y la creatividad, en distintos órdenes del saber humano, difícilmente podrá generar una nueva cultura».

Por esos días, Castellanos Moya asistió a charlas y recitales que un grupo de míticos escritores salvadoreños, integrantes de la Generación Comprometida, dieron en distintitos lugares de El Salvador después de varios años de exilio. Estos escritores eran Manlio Argueta, quien «relató los avatares de su novela Un día en la vida»; Roberto Armijo, quien «planteó su proyecto de escribir una historia de las ideas en El Salvador»; Alfonso Kijadurías, quien «leyó su poesía vital y desgarrada», José Napoleón Rodríguez Ruiz, quien «se preguntó una y otra vez ¿Quiénes somos los salvadoreños?».

«Coincidieron en su visión de los escombros, en la urgencia de proponer nuevas pautas que permitan superar la cultura de la guerra, de la violencia (…) en horabuena si este grupo de escritores, en su plena madurez, retornan a la patria para trabajar en la reconstrucción nacional», concluyó Castellanos Moya en un artículo que publicó en diario Co-Latino.

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El último trimestre de 1994 comenzó a circular el semanario Primera Plana. Horacio Castellanos Moya era el director y Miguel Huezo Mixco el jefe de redacción. Tenían una plantilla de unos 30 trabajadores y se financiaban, principalmente, gracias a la cooperación de la fundación alemana Heinrich Böll. La idea era hacer un periodismo de investigación. Y lo hicieron. Sin embargo, diez meses después el semanario fue clausurado debido a una insuperable crisis financiera.

«Un producto de esta naturaleza no se hace rentable ni logra su punto de equilibrio en diez meses, a menos que tenga un nivel de inversión que, por ahora, está fuera de nuestras posibilidades», reconoció Castellanos Moya en una conferencia de prensa, brindada el 24 de julio de 1995, en la cual anunciaron el cierre de Primera Plana.

Castellanos Moya aseguró que estaban negociando con «sectores empresariales y accionistas extranjeros» para publicarlo nuevamente.

Pero no fue posible. Primera Plana no volvió a circular.

Paolo Lüers, Horacio, Horacio Castellanos Moya y Miguel Huezo Mixco. FOTO EDH, Julio, 1995. Consultado en hemeroteca del MUNA.

En ese mismo año, en 1995, Huezo Mixco terminó un ensayo que tituló La casa en llamas, en el que trazó un mapa sobre el proceso cultural salvadoreño.

Para Huezo Mixco, la historia moderna de El Salvador era «una sucesión de entusiasmos y desencantos». Para probar esa hipótesis hizo un ligero recuento de los grandes acontecimientos históricos del país: la independencia de España, a inicios del Siglo 19, había terminado en un total desencanto «porque no se le pudo hacer frente a los retos que surgieron» y la Federación Centroamericana «terminó en múltiples guerras»; el triunfo de los liberales, que despojaron a los campesinos de las tierras ejidales y comunales para potenciar el cultivo del café, desembocó en la matanza de 1932; la Revolución de 1948 pretendió modernizar el país a través del desarrollo industrial, pero hizo crisis en 1960 por sus prácticas autoritarias y por la caída de los precios del café.

El fin de la guerra civil, en 1992, había despertado un nuevo entusiasmo y la posibilidad de convertir a El Salvador en una nación civilizada parecía viable.

«¿Será esta, en verdad, la oportunidad dorada para superar el conflicto Entusiasmo-Desencanto y encaminar las energías del país hacia la superación de nuestra decadencia?», se preguntó Huezo Mixco, quien, además creía que El Salvador había dejado de ser una sociedad agraria, en buena parte por las masivas migraciones de salvadoreños, especialmente hacia los Estados Unidos.

Esos desplazamientos hacia la ciudad o al extranjero se habían agudizado por la crisis del modelo agroexportador, pero también por el estallido del conflicto armado, y el resultado era la modificación del escenario económico: los salvadoreños que migraban, muchos de ellos campesinos, enviaban remesas para comprar sus propias casas y creaban mejores condiciones de vida para sus familias.

«Después de la guerra, la migración es el fenómeno con mayor impacto en la cultura del país», indicó Huezo Mixco, quien además creía que otros fenómenos, como las pandillas —integradas por jóvenes deportados de los Estados Unidos— estaban cambiando la vida en los barrios y colonias de todo El Salvador.

«(Los pandilleros) han sido más hábiles que el párroco para organizar a la juventud en torno al ritual de violencia y solidaridad de las pandillas urbanas», señaló.

Huezo Mixco pensaba que el cambio de modelo económico no debía celebrarse con una venda en los ojos, pues ahora el poder económico había pasado a manos de «modernos banqueros que viven en el espacio cibernético de las altas finanzas».

«El hecho de rehacerse con el Estado y revertir el proceso de nacionalización de la banca y tomarla con sus propias manos, para erigirse con un indispensable poder, abre una ventana para que se perpetúe el conflicto histórico que ha marcado nuestra sociedad», advirtió Huezo Mixco.

Ese conflicto histórico era el que él denominaba «cultura de la colisión», es decir, del choque constante, del perpetuo conflicto social.

Huezo Mixco reconocía que, pese a todas las imperfecciones del proceso democrático, su generación gozaba «de los mayores márgenes de libertad de todo el siglo». Pero no era suficiente. Había que crear órganos de comunicación serios e independientes. «La etapa del autoritarismo, bueno es insistir en el punto, no podrá superarse, sin el desarrollo de un periodismo crítico y poco complaciente», concluyó.

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Roberto Armijo regresó a El Salvador, por última vez, a mediados de 1996. Hubo un grupo de escritores —Castellanos Moya, Huezo Mixco, Darío Lara, Luis Alvarenga— que lo frecuentaron en su casa o en la casa de algún otro escritor como Álvaro Menén Desleal.  O, en el mejor de los casos, se encontraban en el bar La Luna.

Hubo, sin embargo, un grupo de intelectuales que cuestionó duramente a Armijo por sus críticas a la izquierda.

En Julio de 1996 se realizó en San Salvador la VI reunión del Foro de Sao Paulo: líderes políticos y artistas de izquierda de todo el mundo discutieron, entre otras cosas, sobre las alternativas económicas al neoliberalismo.

El evento era una prueba de fuego para el proceso democrático que vivía El Salvador.

A pesar de las amenazas de atentados lanzadas por grupos clandestinos de ultraderecha, el foro se desarrolló sin problemas ni sobresaltos.

Roberto Armijo, quien por entonces se encontraba en El Salvador, no fue invitado al evento. Eso le pareció una ironía, pues en sus años de juventud había sido un militante comunista y durante el conflicto armado había abandonado la literatura para dedicarse al trabajo de solidaridad con la guerrilla salvadoreña. Además, a pesar de sus críticas al comunismo, seguía siendo un hombre de izquierda.

Armijo creía que la destrucción de la Unión Soviética no significaba el fin de la izquierda. Por el contrario, pensaba en la urgencia de construir un nuevo socialismo americano que tuviera sus raíces en el pensamiento de Juan Carlos Mariátegui.

«A Armijo le pasaron una serie de cosas en ese período que terminaron de desalentarlo… Quiso ingresar al Club Deportivo con la idea de irse quedando en el país, pero no lo aceptaron. Eso fue para Roberto un golpe muy fuerte. Algo así como: puta, y en qué país estamos todavía. Aún lo seguían mirando como comunista”, recordó Huezo Mixco, quien por entonces lo visitó en distintas ocasiones.

Armijo regresó a París y siguió dando clases en la Universidad de Nanterre. Pero nunca perdió el contacto con sus amigos salvadoreños.

«Yo hablé con él en junio de 1996. Me dijo que tenía problemas en el estómago, que le había caído mal un agua que se había tomado en Copán (…) Cuando regresó a Francia lo fui a ver y lo noté más flaco. En diciembre va al hospital y le detectan cáncer de colon. “Ya me dijeron que esto no es nada —me dijo por teléfono—, porque el colon tiene como 12 metros y si me quitan dos no hay problema”. Pero ya era muy tarde. Tenía metástasis», detalló David Hernández.

Pocos días antes de morir, el cineasta Guillermo Escalón lo visitó en el hospital francés donde era atendido. Le hizo una larga entrevista en la que Armijo habló, principalmente, de El Salvador con el que se había encontrado en sus últimas dos visitas.

Armijo se expresó con un desencanto mortal. La imagen de su país ya no era la imagen que almacenaba su memoria. Muchas cosas habían cambiado. Lo único que mantenía era el autoritarismo, la intolerancia, la polaridad. Por lo demás, «el país se ha destruido en lo espiritual».

Una de las cosas que más le impactó fue las montañas de basura que observó por todos lados: en las calles, en los barrios, en las playas. A su criterio, la suciedad y la fealdad no era un asunto de pobreza, sino de cultura y educación. Ponía el ejemplo de algunas comunidades pobres de Grecia y Portugal, donde, a pesar de la miseria, el orden y la limpieza era notable.

«Otro problema que yo veo que revela la psicología de nuestro país son los basureros. El Salvador se ha convertido en un enorme basurero… Puta, estamos inundados de basura», comentó.

Armijo, además, sentía que El Salvador seguía siendo un país con una cultura pobre y con un medio intelectual con pocas oportunidades para desarrollarse como artista, como escritor o como poeta.

«Uno vive un drama bien fregado. Uno no es de allá ni de aquí. Porque yo no soy parisino. Mi manera de ser, mi manera de vivir, mi manera de actuar siempre es la del salvadoreño. Pero estando allá siento que no cuajo, que no enrosco bien».

En esos días, con la muerte dinamitándole el cuerpo, Armijo hizo un recuento de lo que había logrado en su vida. También puso en la balanza las cuentas pendientes. Leyó a poetas clásicos. Escribió poemas. Y concluyó que su única herencia para El Salvador era su obra literaria.

«En eso posiblemente va a estar mi contribución al país. No va a estar en que yo haya tenido trabajos políticos. Eso no da nada. Eso lo hace cualquiera. Pero la manera de cómo veo el país, de cómo yo quiero volverlo una utopía y un mito, nadie lo puede hacer sino yo».

Roberto Armijo murió el 24 de marzo de 1997.

«Murió interesado en todo lo que pasaba a su alrededor. La víspera de su salida del hospital para nuestra casa de Montmartre —de donde ya solo iba a salir para su último viaje a El Salvador, envuelto en flores—, todavía llamó a la AFP para saber los resultados de las elecciones en el país”, escribió Ana María en un artículo que fue publicado, en mayo de 1997, en la Revista Tendencias.

PRIMERA PARTE: Roberto Armijo: la batalla de las ideas 

    
 
Luis Canizalez

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