APÓYANOS

«Salarrué era un nacionalista más cercano al fascismo»

Rafael Lara Martínez continúa sosteniendo que todos los intelectuales apoyaron al general Maximiliano Hernández Martínez en sus primeros años de gobierno, incluso después de la matanza de 1932. A los detractores de sus tesis, el antropólogo les contesta que no hay una verdad absoluta y que las diferencias deben dirimirse en un debate público.

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febrero 7, 2022
Imagen Elementos

Sus palabras irrumpen veloces, en línea recta, a un ritmo vertiginoso. Luego saltan de un lado a otro, queriendo abarcarlo todo, decirlo todo, explicarlo todo. Quizá esa forma acelerada de hablar, de construir ideas, sea una característica que inunda el amplio quehacer intelectual de Rafael Lara Martínez, un antropólogo y lingüista salvadoreño que ahora reside en Dijon, Francia.

Algunos de sus colegas lo describen como una máquina humana que produce sin parar, una mente hiperactiva que se la pasa hurgando en archivos y bibliotecas, rescatando documentos empolvados por el tiempo, para elaborar interpretaciones, casi siempre polémicas, sobre la intelligentsia salvadoreña del Siglo 20.

Lara Martínez ha criticado, en artículos y ensayos, la occidentalización de la historia salvadoreña. Los indígenas no existen, no tienen voz propia, no son actores de nada. Han sido borrados del mapa. Sus demoledoras críticas arrastran a connotados escritores como Roque Dalton y Claribel Alegría, señalados de inventar una revuelta [la de 1932] con proletarios y oligarcas como únicos protagonistas. Es decir: para el antropólogo lo indígena es suplantado por el eterno conflicto entre comunistas y nacionalistas.

También ha planteado algunas paradojas: antiimperialismo, sandinismo e indigenismo fueron tendencias que apoyaron al general Maximiliano Hernández Martínez en los años treinta. Sin embargo, en la década de los cincuenta la izquierda se apoderó de esas banderas.

Pero su afirmación de que todos los intelectuales apoyaron a Martínez en sus primeros años de gobierno, incluso después de la matanza de 1932, generó, a inicios de la década pasada, un incendiario debate entre escritores y académicos. Las provocaciones no terminaron ahí. Más polémico fue su libro Política de la Cultura del Martinato, en el que aseguró que muchos de estos intelectuales y artistas, entre ellos algunos reputados como Salarrué, fueron parte de la política cultural del martinato.

Todavía hay quienes, como el escritor Miguel Huezo Mixco, consideran descabellada la idea de que Salarrué fue el artífice de la política cultural del dictador más controvertido de la historia moderna de El Salvador. Y para demostrar que las afirmaciones de Lara Martínez son inexactas, recientemente ha publicado artículos y ensayos en los que da a conocer algunas cartas de Salarrué, de finales de los años treinta, en las que se muestran fricciones entre el escritor y el dictador.

Por su parte, Lara Martínez responde a los detractores de sus tesis que no hay una verdad absoluta y que las diferencias deben dirimirse en un debate público, abierto, con reglas claras.

En esta entrevista, realizada vía telemática, el pasado 22 de enero, cuando se cumplían 90 años de la matanza de 1932, Lara Martínez reitera lo que ha reiterado durante los últimos años: a él le interesan las palabras, no los hechos. Sus análisis son lingüísticos: abordan lo que pensaban o percibían las personas, no lo que hicieron o dejaron de hacer. También habla sobre el significado de la democracia y señala la ausencia de una «política cultural» del actual gobierno.

Han transcurrido más de 10 años desde que usted publicó dos libros que fueron polémicos: Balsamera bajo la Guerra Fría y Política de la Cultura del Martinato. En ellos asegura que todos los intelectuales apoyaron a Maximiliano Hernández Martínez en sus primeros años de gobierno, incluso después de la matanza de 1932. ¿Aún mantiene esa tesis?

Mire, al menos en 1932 no hubo nadie. ¿Dónde están esos textos, esas denuncias de la matanza del 32 en 1932?

Algunos citan Mi respuesta a los patriotas de Salarrué.

Pero esa Respuesta a los patriotas no denuncia la matanza.

Miguel Huezo Mixco señala que ese texto se publicó originalmente en el periódico Patria un día antes de la revuelta.

Bueno, pero la revuelta se estaba organizando desde finales de 1931. Si usted lee a Gould, Lauria y Ching, se puede ver que la revuelta no fue inmediata. Además, Salarrué acusa a los comunistas; eso no lo va a decir Huezo Mixco. Salarrué dice que los comunistas son pedigüeños y hablan de degollar en nombre de la justicia. Es decir, ahí está acusando al comunismo. ¿Ser anticomunista es el preludio de una acusación? Salarrué también dice «el indio contemplativo y la mujer soñadora». ¿La mujer soñadora dónde está? En el hogar, sino tiene derecho al voto. ¿Y el indio contemplativo? ¿Es el indio contemplativo el que se lanza a la revuelta? Otra cosa que planteo es, ¿de dónde viene esa idea entre patria y terruño? Para mí Salarrué la calca de José Ingenieros. Eso está en José Ingenieros. ¿Salarrué no leía? Yo puse en Twitter: Huezo Mixco, yo no menciono a la gente, puse nada más: «es muy fácil apuñalar al enemigo por la espalda, sin dar la cara ni organizar un debate». ¿Y cuándo organizamos un debate? Cuando su majestad escoja.

Para Huezo Mixco es inexacto decir que Salarrué fue uno de los artífices de la política cultural del martinato. Y para demostrar que Salarrué no era un aliado de Martínez copia unas cartas de finales de los años treinta en las que Salarrué expresa ciertas diferencias con el dictador.  

Bueno, yo lo remito a Julio César Escobar, el director de la Biblioteca Nacional, quien funda el Boletín de la Biblioteca Nacional en abril de 1932. Ahí publica Salarrué. Julio César Escobar habla, en su discurso leído el 12 de noviembre de 1933, al inaugurarse la exposición de libros, de una política nueva, la política de la cultura. Ese término no lo he inventado yo. Lo forjó Julio César Escobar, quien publica a Salarrué, a Gavidia, a Ambrogi y a todos los grandes escritores conocidos. Entonces, el señor Huezo Mixco no está tomando la misma documentación primaria que yo tengo.

Usted ha dicho que Salarrué era un idealista, casi un romántico, que proponía una sociedad de poetas. Un artista que ponderaba el arte por encima de la política. Sin embargo, en distintos escritos de Salarrué vemos pronunciamientos políticos. ¿Qué era Salarrué políticamente hablando? 

Tenía ideas nacionalistas, pero ese nacionalismo estaba más cerca del fascismo. Hay algo que casi nadie menciona que son los torneos universitarios. Ahí hay una conferencia que Salarrué da a finales de 1932, donde lo reciben con la banda de los supremos poderes. ¿Cómo es posible que el dictador reciba a su oponente, a su enemigo, con una banda? En esa conferencia Salarrué habla de la relación entre los intelectuales y el pueblo. Hay un homenaje a Goethe y Salarrué dice que el homenaje a Goethe da a la Universidad Nacional una preciosa oportunidad para poner a alguno de nuestros hombres mejor preparados en contacto con el pueblo. Es decir: el contacto entre los intelectuales y el pueblo es gracias al Estado... Yo hago una división paradójica: la dictadura publica a sus enemigos, la democracia no lo hace, la democracia los excluye. Yo voy a creer que Bukele es dictador en el momento que publique y reciba con la banda de los supremos poderes a sus enemigos. Porque eso es lo que hace Martínez en 1932 con Salarrué.

Huezo Mixco dice que Salarrué era, sobre todo, un artista.

Bueno, ahí lo está santificando, lo está llevando más allá del bien y el mal. Yo no tengo por qué hacerlo.

Sin embargo, en Balsamera usted dice sobre Salarrué: «No lo inculpamos; bajo el férreo régimen gubernamental el mutismo se vuelve el más fiel consejero. Lo entendemos tanto más cuanto este callado esplendor aun nos acompaña en nuestra aguda actualidad». 

Lo que estoy señalando es que en 1932 el concepto del 32 no existía. Mire, yo lo que planteo es la diferencia entre hecho y conciencia: no es del dicho al hecho, sino del hecho al dicho. Eso es lo que planteo.

Algunos de sus críticos dicen que es exagerada la afirmación de que un intelectual se convierte en colaborador de un gobierno porque ha participado en actos oficiales. Eso porque usted señala que Salarrué participa en la Primera Exposición Centroamericana de Artes Plásticas celebrado en Costa Rica en 1935.

A Salarrué lo envían como delegado, el gobierno de Martínez, a esa exposición. Imagínese, si a mí en este momento Bukele me nombra embajador en Francia y yo organizo actividades culturales, ¿eso no tiene nada que ver con Bukele?

Volviendo a la matanza del 32. Usted encontró en Repertorio Americano a una persona que sí denunció la matanza.

Hay una denuncia de la matanza, pero es fuera de El Salvador. Esta persona que denuncia es Juan del Camino. Es una de las primeras que he encontrado en Repertorio Americano, donde también publica Salarrué, Claudia Lars, etcétera. Pero este mismo Juan del Camino había avalado el golpe de Estado de 1931. Ahí hay una contradicción: primero se avala el golpe y luego se denuncia la matanza. Aunque todos estos intelectuales son ajenos a la revuelta. La revuelta es independiente de todo este círculo intelectual. Luego viene la matanza y muy pocos la denuncian. La denuncia Masferrer y la denuncia Juan del Camino, pero previamente habían avalado el golpe de Estado.

Algo similar ocurrió con Pedro Geoffroy Rivas, quien a mediados de los años cincuenta regresa a El Salvador con la fama del intelectual que se había enfrentado a la dictadura de Martínez. Sin embargo, en un libro reciente sobre el martinato, el historiador Gerardo Monterrosa detalla cómo Geoffroy Rivas participa en una manifestación en contra de la intervención estadounidense y el no reconocimiento al gobierno de Martínez.

Julio Fausto Fernández dice que en 1932 él estuvo en Santa Ana hablando de política con Pedro Geoffroy Rivas y con Hugo Lindo. Pero ahí no hay una denuncia. Están hablando de política abiertamente como poetas. Pero no están denunciando… El primero que denuncia es Gilberto González y Contreras, que nadie lo conoce en El Salvador. Ese fue el primero que denunció.

Sin embargo, González y Contreras había sido el censor de prensa en 1932.

Exacto. Entonces lo que se plantea es una paradoja. La mayoría de los intelectuales, sino todos, estaban con Martínez. Ahí volvemos a lo que le decía antes: entre el hecho y el dicho, entre el hecho y la conciencia. En 1932 el 32 no existe. Hay un desfase. Lo que se quiere es proyectar nuestra conciencia del presente hacia el pasado. Pero eso es imposible.

¿Qué respuestas encuentra a ese silencio generalizado de los intelectuales ante la matanza? Decía que era difícil hacer una crítica ante un gobierno tan represivo.

Todos los historiadores hablan de censura y si era un régimen tan represivo, ¿por qué Juan Felipe Toruño habla de la publicación de 19 revistas? ¿dónde está la censura?

Pero no publicaban críticas a Martínez, sino cosas que eran afines a Martínez.

Pero afines a Martínez era el indigenismo, los Cuentos de Barro son afines a Martínez. ¿Cuál fue la única novela que Salarrué publicó en 1932?  Remontando el Uluan, la cual la toman como fantasía, incluso, Huezo Mixco así se refiere a la novela. ¿Y cuál es la fantasía del hombre blanco? El que entra una mujer negra, muy bella, desnuda a su cuarto. ¿Cuál es la máxima fantasía del hombre blanco? El cuerpo sexuado de la mujer negra.

Salvador Salazar Arrué es uno de los escritores más prominentes de la literatura salvadoreña. FOTO: Co-Latino.

Hay mujeres intelectuales, como Amparo Casamalhuapa y Matilde Elena López, que a mediados de los años treinta escriben en el Diario Nuevo, del cual el presidente Martínez era accionista. Pero en cierto momento también terminan distanciadas del régimen. ¿En qué momento nace el mito de los intelectuales contra el dictador?

Lo que sucede es que el martinato se ha generalizado. Se habla de 1932 y luego casi todo el mundo se salta a 1944. Primero tenemos la matanza y luego los opuestos en 1944. Pero creo que se debe de distinguir tres períodos: de 1931 a 1934, de 1935 a 1939, de 1939 a 1944. Hay que historizar cada período. En 1932 hay un silencio. En 1935 se publica, en castellano y en inglés, una revista que se llamaba Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo. Ahora no existe eso. Ni siquiera existe un Boletín de la Biblioteca Nacional. En 1932 sí existía. Con estas mujeres sucede lo mismo. Es decir, no se quiere reconocer que en un primer momento hubo muchos afiliados a Martínez, como estas mujeres. Yo creo que el error de Martínez fue quererse reelegir una tercera vez. Se hubiera quedado con dos períodos, hasta 1939, y le hubiera ido mucho mejor.

Ha dicho en sus ensayos que había un encantamiento entre los intelectuales y Martínez, probablemente porque el mandatario tenía una aureola de intelectual. ¿Cuáles eran las ideas afines entre Martínez y los intelectuales?

La teosofía. También el apoyo a Sandino y el antiimperialismo. El mismo Masferrer apoya el golpe de Estado en términos del antiimperialismo. ¿Cuándo Estados Unidos dejó de tener una embajada? Solo durante Martínez.

Usted pone en tela de juicio, en sentido paradójico, la censura durante la dictadura de Martínez.

Exactamente. Toruño cita 19 revistas y periódicos, cinco o seis libros o novelas, y otras tanto de teatro. Pero no habla de las exposiciones de pintura. Entonces, yo lo que digo es que tenemos que añadir las artes plásticas, las fílmicas, ¿o nadie fue al cine? ¿Cuáles fueron las películas que se pasaron? Incluso, la publicidad. Para mí la publicidad es arte, es cultura. La cultura no es solo la literatura y la pintura, es algo más amplio.

Bueno, en Balsamera usted analiza la publicidad…

Exacto. Entonces entramos en un debate entre el hecho y la percepción. Porque a mí no me interesan los hechos. Incluso, los historiadores no pueden hablar de los hechos sin palabras. A mí me interesan cómo se perciben los hechos.

Octavio Paz decía que sin visión poética no hay visión histórica. Aunque entiendo que usted parte de las ideas de Aristóteles.

Algo. Pero más de Derrida. También de la lingüística. Aristóteles hace la diferencia entre historia y poética. La historia sería: Luis Canizalez comió dos pupusas ayer. Poética es la generalización. Por ejemplo: el salvadoreño come pupusas. Eso no es historia. Es una generalización. Entonces, vemos como dos palabras sencillas nos dan dos géneros [historia y poética]. Eso lo dice Aristóteles.

Eso lleva también a los planteamientos sobre el olvido que usted retoma de Giorgio Agamben.

Exacto. Esa es la cuestión. Los historiadores hablan de cómo se organizó la revuelta, las causas de la revuelta. Pero, incluso, el sujeto histórico no tiene la palabra, porque si hubo una revuelta indígena ¿cuáles son los manifiestos en lengua náhuat que promovieron la revuelta? Porque la revuelta no solo se puede concluir de los hechos políticos, económicos y sociales. El indígena tiene una visión del mundo muy distinta al occidental. ¿Y si esa visión no se toma en cuenta?

Esa es una de sus tesis: la visión propiamente occidental de los sucesos de 1932 y la casi anulación de la cosmovisión indígena por parte de los investigadores.  

Eso es lo que se necesita retomar: la visión indígena.

¿Y usted cree que todavía existe una visión occidental de la historia?

Claro. Le doy dos ejemplos. Se publican los manifiestos en náhuat de Emiliano Zapata. ¿En dónde están los manifiestos en náhuat de las revueltas indígenas del Siglo 19? Hay muchos estudios de historiadores con mucha reputación, con mayor reputación que la mía, pero nadie se pregunta cuál es la visión del indígena. Leyendo a Cevallos, Recuerdos salvadoreños, hay tres capítulos sobre Aquino y todo mundo aparta esos tres capítulos del resto de la obra. Yo leí toda la obra, que es voluminosa. ¿A qué me lleva leer toda la obra? Que a la visión del indígena le llama superstición. Y superstición son dos palabras. Super es tare, lo que está de sobra. Eso es antiaristotélico. Se reduce al animal político, pero se le niega el animal dotado de lenguaje. Entonces, ¿la visión indígena es falsa? No. Es su percepción del mundo. Cevallos era un historiador muy reputado que todo mundo lo cita, pero solo cita lo que le conviene. Yo no estoy haciendo historia, estoy haciendo historiografía. A mí no me interesan los hechos. A mí me interesa cómo se perciben los hechos.

¿Una historia de las ideas?

Parto de la lingüística: cómo los hechos se vuelven palabras.

Hay un tema que usted desarrolla en Balsamera que particularmente me interesa. Usted dice que Martínez inaugura un nuevo significado de democracia cuando intenta justificar el golpe de Estado de 1931, pues la palabra Ejército sustituye a la palabra Pueblo. Esas son las bases, dice usted, de lo que ocurre hasta 1979. Es decir: los militares son el medio por el cual se ejerce el derecho de insurrección que establece la Constitución. Luego agrega que en 1932, según juicios de la época, «el amplio carácter democrático lo demuestra la falta de toda oposición». ¿No encuentra cierto paralelismo con el presente?

Como no. Para mí la verdadera democracia es que existan dos o más versiones, incluso verdaderas, sobre lo mismo. De lo contrario estamos admitiendo que la aritmética elemental es más compleja que la política. Si hay infinitas maneras de decir cuatro, sumando lo mismo, hay infinitas maneras de hablar de un mismo hecho.

Pero yo me refería más a la cuestión política…  

Claro. Eso no es democracia. La democracia existe desde el momento que admito que hay un debate sobre varias maneras de decir la verdad. No hay una sola. No hay una verdadera y otra falsa.

Usted también dice que Martínez, más que promover instituciones que garantizaran un régimen legal, desarrolló, en su visión esotérica, la idea de un Estado patriarcal y personalizado bajo la figura del presidente. Dice usted textualmente: «Toda institución cede su lugar al personalismo patriarcal del presidente».  ¿No cree que esa visión del Estado sigue latente en la actualidad?

Sí. En cierta medida. Porque cuando hablamos de patriarcal no hay un matriarcal. Patrimonio y matrimonio todavía están vigentes. Y muchos historiadores hablan de patronazgo, no de matronazgo. El hombre es el que tiene el poder.

Ya para cerrar, ¿cómo ve, por decirlo de alguna manera, la política cultural del actual gobierno y el papel de los intelectuales?

¿Y cuál es la política cultural del actual gobierno? Yo no sé cuál es la política cultural. No he visto publicaciones. En 1932, según Toruño, se publican 19 revistas oficiales. ¿Cuáles son las publicaciones actuales? Actualmente hay un proyecto de reconstruir el edificio de la Biblioteca Nacional, pero no se está publicando nada.

    
 
Luis Canizalez

One comment on “«Salarrué era un nacionalista más cercano al fascismo»”

  1. cOMENTAR SOBRE TANTOS Y VARIADOS PUNTOS, NO SE PUEDE, PERO SI HABER SIDO TESTIGO DE VISTA SOLO DE OÍDAS Y SEGÚN MI MADRE QUE ME CONTABA, EN AQUELLOS TIEMPOS NO SE HABLABA DE MARTÍNEZ COMO UN GOBERNANTE SANGUINARIO Y DENOMINARON LA EPOCA DEL COMUNISMO. PORQUE IDEOLOGÍAS EXTRAÑAS INVADIERON LA MENTE DE LOS CAMPESINOS, QUE EFECTIVAENTE ERAN VISTOS Y SE VEN, COMO PERSONAS DE ÚLTIMA CLASE POR UNA SOCIEDAD CLASISTA QUE NO TOMA EN CUENTA, QUE GRACIAS AL CAMPESINO, LA TIERRA SE CULTIVA Y QUE EN VEZ DE RECIBIR SALARIOS JUSTOS, PRESTACIONES SOCIALES Y VIVIENDA DIGNA, RECIBÍAN EL DESPRECIO DEL TERRATENIENTE CAFETALERO Y ESTO FUE LO QUE APROVECHARON LOS QUE LLAMABAN COMUNISTAS, PARA ENCENDER LOS ÁNIMOS DE LOS POBRES, BAJO LA BANDERA DE LA JUSTICIA SOCIAL Y ESTOY DE ACUERDO CON LARA MARTINEZ, EN EL SENTIDO DE QUE INDEPENDIENTEMENTE DE ESE SANGRIENTO EPISODIO, MARTINEZ FUE UN GOBERNANTE QUE HIZO MUCHO POR EL SALVADOR SIN ROBARSE NADA.

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