Contra lo detestable

Nayib Bukele, con sus hermanos y serviles, se encuentran en un punto de no retorno. Han dado suficientes muestras de afianzarse en el poder. Pero depende de nosotros los salvadoreños evitar el regreso a un pasado repleto de perversiones y oscuridades.

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septiembre 19, 2022

Imagen tomada de Unsplash

Era evidente. Era obvio. Era claro. No se necesitaba de predicciones para saber que Nayib Bukele anunciaría su reelección presidencial —como lo hizo la noche del pasado 15 de septiembre—, así como tampoco se necesitaba de premoniciones para saber que tiene intenciones de perpetuarse en el poder a cualquier precio. Todas sus acciones apuntaban a ello desde hace un buen tiempo; no desde 2020, cuando irrumpió con militares en la Asamblea Legislativa; mucho menos desde el 2021, cuando dinamitó los contrapesos y decidió, definitivamente, colgarse el traje de autócrata desvergonzado.

Basta con revisar su contradictorio camino político (repleto de discursos democráticos, pero plagado de acciones tiránicas) para detectar sus preferencias autoritarias y sus manipulaciones ilimitadas.

Su misma incursión en política fue una muestra de matonería y verticalidad, pues lo hizo sacudiéndose, con la complicidad del FMLN, al candidato que había sido elegido tres meses antes que él en Nuevo Cuscatlán.

El resto de la historia es conocida: el nepotismo, el clientelismo, la corrupción. También la poca tolerancia con los adversarios políticos, con el periodismo crítico (salvo con el que sirvió para apuntalar su cínico vestuario de impostor), con las instituciones de fiscalización y transparencia.

Todo eso no comenzó en 2019, cuando llegó a la presidencia, sino mucho antes.

Entonces no: sus acciones arbitrarias no son vaticinios inesperados. Son, más bien, el resultado esperado de su desvergonzada trayectoria política.

Tenemos lo que era evidente desde hace un buen tiempo: una regresión autoritaria con un sujeto megalómano, sediento de poder, empeñado en graduarse de dictador más pronto que nunca.

Tenemos a un autócrata que nos ha empujado al reino de la ilegalidad, que pervierte y desarma instituciones que costaron una guerra con miles y miles de muertos.

Tenemos a un tirano que se inventa una nueva doctrina jurídica para encarcelar a sus críticos, aun cuando nadie puede ir a prisión por cometer delitos contra el honor.

Estamos de acuerdo: los troles y su vulgaridad son despreciables. Pero si vamos a encarcelar por difamar y proferir mentiras, usted, presidente Bukele (y su jauría de serviles), son los primeros que deberían ir a prisión.

En fin: tenemos un régimen que encarcela y asesina a inocentes.

Pero quizá lo más lamentable no sean las locuras autoritarias de Nayib Bukele y sus hermanos. Lo más lamentable es la poca vocación democrática que tenemos los salvadoreños para defender las libertades que costaron una orgía de sangre y destrucción.

Lo más lamentable es el poco civismo para defender derechos alcanzados a costa de una guerra que pretendió echar tierra a un pasado lleno de horrores, de represión y censura, de exclusiones y persecuciones, de violaciones sistemáticas desde el Estado.

Lo más lamentable fue haber perdido la consciencia histórica que obtuvimos en los primeros años de la posguerra, pues solo entonces comprendimos que el autoritarismo mesiánico únicamente lleva al enfrentamiento y a la destrucción de la sociedad.

Lo más lamentable fue no haber entendido que todos los sistemas sociales son imperfectos y que, como decía el sociólogo francés Raymond Aron, la política no es la lucha entre el bien y el mal, porque si reducimos la política a una categoría moral siempre habrá alguien que, en nombre del bien, repita las grandes tragedias de la historia.

Es mejor entender la política como la opción entre lo preferible y lo detestable.

Lo detestable siempre será el autoritarismo, donde prevalece una sola voz, una sola verdad, una sola visión del mundo. Y que jamás, por nada de nada, permite enmiendas ni correcciones.

Lo preferible, en cambio, siempre será un régimen democrático, donde, aún con sus errores e imperfecciones, podremos criticar, corregir y cambiar lo que no es funcional.

Eso fue lo que ocurrió en nuestro pasado reciente: todos los escándalos de corrupción y el enjuiciamiento de políticos y empresarios mafiosos fue gracias al funcionamiento de algunas instituciones democráticas que nacieron producto de los Acuerdos de Paz.

Por eso es lamentable permitir la destrucción, en nuestras propias narices, de lo poco bueno que surgió del conflicto armado. Sí. Porque la poca democracia que ganamos no es sinónimo de la corrupción de los gobiernos de ARENA y el FMLN. Al contrario: fue la poca democracia que ganamos la que nos permitió conocer la corrupción y enjuiciar a los gobernantes de ARENA y el FMLN.

Es verdad: las preferencias autoritarias de los salvadoreños tampoco son nuevas. Ya en 1995, pasado el entusiasmo de los Acuerdos de Paz —en medio de una nueva carnicería, una miseria descomunal y una ineficacia política— comenzamos a requerir a los militares en tareas de seguridad pública. Y lo que es peor: comenzamos a invocar al hombre fuerte para la solución de nuestros males.

Era cuestión de tiempo para volver a materializar la oscuridad.

Pero ahora ya no es momento de lamentarse. Ahora es tiempo de luchar por lo que nos pertenece: la libertad de fiscalizar al poder, de cuestionar al poder, de criticar al poder. La libertad de exigir el respeto y la garantía de nuestros derechos fundamentales sin temor a ser criminalizados, desterrados o asesinados.

Nayib Bukele, con sus hermanos y serviles, se encuentran en un punto de no retorno. Han dado suficientes muestras de no retroceder. Pero depende de nosotros los salvadoreños evitar el hundimiento de la patria. Depende de nosotros evitar el regreso a un pasado repleto de perversiones y oscuridades.

    
 
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